Imagina que vas caminando por la calle, con los ojos pegados al móvil —o a las estrellas, si eres de la vieja escuela— y, de repente, ¡pum!, acabas en el fondo de una zanja. Eso mismo le pasó a Tales de Mileto. Una joven que pasaba por allí, entre risas, le soltó una verdad que todavía escuece: ¿Cómo pretendes conocer lo que pasa en el cielo si ni siquiera ves lo que tienes a los pies? Pero no te equivoques, Tales no era ningún despistado. Era un tipo con una curiosidad eléctrica que decidió que ya estaba bien de echarle la culpa a los dioses de cada rayo o terremoto.
El agua: el «software» de la existencia
Para Tales, el misterio de la vida tenía una respuesta líquida. Estaba convencido de que el agua era el origen de todo lo que vemos. ¿Por qué llegó a esa conclusión? Solo hay que mirar alrededor. Se fijó en que el alimento de cualquier bicho es húmedo, que las semillas necesitan agua para brotar y que, cuando algo muere, se seca.
Para él, nuestro planeta era como un enorme trozo de madera flotando en un océano infinito. Es una idea que hoy nos hace arquear una ceja, pero fue el primero en intentar explicar el mundo usando la lógica y no los mitos. Planteó que, aunque las cosas cambien de forma —como cuando el agua se hace hielo o vapor—, hay una esencia que permanece. ¿No es una forma fascinante de buscar orden en medio del caos?
Un universo que late
Pero la cosa se pone más interesante cuando hablamos del «alma». Tales no veía el mundo como un montón de rocas muertas. Introdujo una idea que hoy suena casi a ciencia ficción: el hilozoísmo. Se dio cuenta de que un imán podía mover un trozo de hierro sin tocarlo. Su conclusión fue directa: «Si esto se mueve solo, es que tiene una especie de alma o motor interno».
Para él, el universo entero estaba «vivo» y conectado por una fuerza invisible. No se refería a fantasmas, sino a una inteligencia que lo empapa todo. Es como si el mundo fuera un organismo gigante y nosotros formáramos parte de su latido.
Más que palabras
Si alguien te dice que la filosofía no sirve para nada, cuéntale lo que hizo Tales con las aceitunas. Cansado de que se rieran de su pobreza, usó sus conocimientos de astronomía para predecir una cosecha brutal. En pleno invierno, cuando nadie daba un duro por los olivos, alquiló todas las prensas de aceite de la región por cuatro perras.
Cuando llegó el verano y las aceitunas desbordaban los cestos, todo el mundo necesitaba sus prensas. Las subarrendó al precio que quiso y se forró. ¿Lo hizo por el dinero? Para nada. Solo quería demostrar que los sabios pueden ser ricos si se lo proponen, pero que sus mentes están ocupadas en retos mucho más grandes.
Al final, este hombre que predecía eclipses y salvaba ciudades con sus consejos políticos nos dejó un legado que sigue vivo: la aventura de preguntar por qué las cosas son como son.
Bibliografía:
Fernández, C. (1974). Los filósofos antiguos. Selección de textos. Madrid: B.A.C. pp. 20-29.
Fraile, G. (1997). Historia de la Filosofía, Vol. 1. Madrid: B.A.C. pp. 169-176.